Inteligencia emocional y necesidades especiales.


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Muchas veces tendemos a asociar la inteligencia con la capacidad intelectual para resolver situaciones de diferente índole y, sobre todo, la emparejamos con el rendimiento académico, profesional o las distintas habilidades para solucionar problemas novedosos apelando o no a la memoria.
Hace aproximadamente dos décadas y media se descubrió “otra” inteligencia, que no tiene que ver con los conceptos tradicionales en la materia: la Inteligencia Emocional (IE), que no se relaciona con las competencias intelectuales sino con algo mucho más profundo, como es poder reconocer y manejar los sentimientos propios y los ajenos.
Reconocer emociones y sentimientos es el elemento básico que nos permite relacionarnos con los demás y con nosotros mismos. Poder leer nuestros estados de ánimo y el de los demás implica, a su vez, actuar en consecuencia. Para ello no es suficiente con aprehenderlos, sino que también es necesario manejarlos, para poder desenvolvernos correctamente ante las circunstancias que se presenten.

La IE tiene diversos componentes, además de las emociones y los sentimientos. También se forma con los pensamientos, las conductas, la autoaceptación, la solución de situaciones y las relaciones interpersonales. De esta manera se pueden establecer relaciones interpersonales de mayor calidad, logrando autocontrol y empatía hacia los demás
Atender y contribuir al desarrollo de la inteligencia emocional de cada niño es fundamental en el proceso educativo, aunque lo es más aún en alumnos con necesidades especiales puesto que estos en la mayoría de las ocasiones presentan dificultades en el autocontrol, comunicar necesidades y sentimientos, solicitar ayuda, usar el lenguaje para regular su propia conducta…

Durante mucho tiempo se puso el acento en la enseñanza de las personas con necesidades especiales  en aspectos relacionados con el desarrollo intelectual, basadas fundamentalmente en dos aspectos: los relacionados con el lenguaje y los de las matemáticas y sus derivados.
Tradicionalmente,  se ha trabajado en el desarrollo de la mente racional del niño pensante, dejando de lado la mente emocional, más impulsiva y aparentemente irracional. Estas competencias intelectuales son un componente importantísimo a desarrollar en los niños; sin embargo, es indudable que deben emparejarse con otros contenidos como son el hecho de que el niño aprenda a quererse, a conocerse, a saber relacionarse y a desenvolverse, poniendo en práctica estas habilidades tan importantes en la vida cotidiana para cualquier persona.
A partir de poder identificar las emociones y los sentimientos personales se puede hacer lo propio respecto de los demás a través de la empatía. Esto es, basándose en la experiencia propia, se reconocen los de los interlocutores y es posible actuar en consecuencia, poniéndose en el lugar del otro.

Resulta obvio destacar que, según el tipo de discapacidad y del grado de expresión de ella en cada persona, será distinta la forma de encarar la educación emocional y el tiempo que requerirá su implementación y las estrategias a utilizar.
En general, las personas con Síndrome de Down, por ejemplo, tienen una mayor tendencia a la sociabilidad y, por lo tanto, los métodos a utilizar para que logren un manejo adecuado de los componentes de la IE suelen recibirse mucho más fácilmente que en aquellos casos de individuos diagnosticados con Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad o con Autismo y otros.
Un aspecto importante a reconocer es aquel referido al lenguaje emocional. En este sentido, además de brindar elementos para poder asumir los signos propios, es necesario trabajar para que puedan reconocerse las manifestaciones de estados de ánimo en los otros.
Las señales de los estados de ánimo en las personas se muestran principalmente a través de expresiones faciales, tonos de voz, posturas y demás formas de comunicación verbales y no verbales. Poder correlacionar estos elementos externos con los propios es uno de los objetivos a lograr, dado que, si bien las formas de expresarlos varían de persona a persona, sin embargo se reconocen patrones de lenguaje corporal con cierto grado de universalidad, por los cuales se puede tener una idea aproximadamente certera de lo que le sucede a aquel con quien se interactúa.
Por ello será fundamental desarrollar en el aula programas que nos lleven al desarrollo de hábitos de expresión y comprensión de emociones y habilidades sociales, además de técnicas de autocontrol y comportamiento.
Algunas habilidades a trabajar serían las siguientes:

  • Establecer la identificación de emociones y evaluar su intensidad.
  • Trabajará la solicitación de ayuda y el control de la impulsividad.
  • Desarrollar una aceptación de sí mismos y de los demás.
  • Identificar y buscar soluciones a los problemas.
  • Así como ponerse en el lugar del otro y participar en actividades cooperativas.

Lo que se busca es que las personas con necesidades especiales puedan resolver los problemas emocionales en la medida de sus posibilidades, que aprendan a reconocer y a lidiar con sus limitaciones, para que ellas no terminen en frustración y en conductas disruptivas. No se trata de reprimir las emociones sino de equilibrarlas, pues cada una tiene su función y utilidad. Podemos controlar el tiempo que dura una emoción, no el momento en que nos veremos arrastrados por ella. Se pretende completar la formación del niño desarrollando hábitos de expresión y comprensión adecuados de emociones y de habilidades interpersonales básicas para su equilibrio social, a la vez que técnicas de autocontrol del comportamiento.

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Sus conductas: ante una emoción realizamos gestos faciales, decimos algo o nos movemos de un lado a otro. Estas expresiones pueden verlas los demás y, por lo tanto, nos comunicamos también por medio de ellas. Si los niños aprenden a reconocer estas señales será un gran paso para saber etiquetar emociones, ponerles nombre. Sin embargo, en multitud de ocasiones los sentimientos no suelen expresarse verbalmente, sino a través del tono de voz, los gestos, miradas, etc. La clave para reconocer las emociones reside también en la destreza para interpretar el lenguaje corporal, habrá que prestarles una gran atención a estas señales para que aprendan a discriminarlas.

Sus signos corporales: unas u otras emociones inducen respuestas muy distintas en nuestro cuerpo como, por ejemplo, la aceleración del ritmo cardiaco, la sudoración, los movimientos del estómago o la tensión de los músculos. Cuanto mejor conozca el niño lo que le sucede ante cada emoción, mejor sabrá controlarlas y cambiarlas, si es necesario, por otras más adecuadas.

Sus pensamientos: lo que se piensa en cada situación influye notablemente en cómo se resuelva. Si los niños aprenden a sentirse capaces para salir airosos de situaciones que ahora contemplan como difíciles, se sentirán más seguros e intentarán resolverlas, prestando atención a lo que se dicen a sí mismos. Aquí entra también en juego lo que los adultos les decimos sobre lo que pueden hacer, lo que hacen bien y lo que deben intentar explorar. Comentarios como “Lo vas a hacer bien”, “Tu puedes” o “Qué bien te ha salido” son siempre mucho más gratificantes para ellos y les impulsarán a tener un mejor autoconcepto de sí mismos.

Como en todos los aprendizajes del aula y otros contextos, todo esto no tendrá sentido si no logra generalizarse a diferentes ámbitos y por tanto, si no se trabaja desde ambientes tan importantes como lo es el familiar. La mayor parte de los modelos de conducta se aprenden, sobre todo de los padres y las personas que rodean al niño. Para conseguir que el niño desarrolle su competencia emocional será, por lo tanto, imprescindible que los padres cuenten con la suficiente información como para poder desarrollarla en sí mismos y hacer que los niños también la aprendan y desarrollen.

 

Referencia: donarte.org // La inteligencia emocional en el alumnado con necesidades educativas // Emotional Intelligence for Children with Special Needs// Educar en las emociones un desafío hacia la integración.

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